Esto ya no funciona (y no es un problema)

Nos pasamos años escuchando lo mismo: que esto era temporal. Que había que esperar un poquito más. Aguantar el ajuste. Meterle ganas. “Ya va a pasar”.

Pero seamos honestos: lo que estamos viviendo hoy no tiene cara de crisis pasajera. Tiene la cara de un sistema que sigue funcionando en apariencia, pero que ya no nos responde.

Miremos lo que es obvio:

• El acceso a la vivienda se volvió una misión imposible para la mayoría.

• El laburo existe, pero muchas veces sentís que estás corriendo en una cinta: hacés un esfuerzo enorme y no te movés del lugar.

• La estabilidad se transformó en una promesa lejana, casi de otra época.

• La posibilidad de planificar la propia vida se volvió frágil.

Nada de esto es “mala suerte” ni algo excepcional. Es lo cotidiano.

La pandemia no inventó estos problemas, solo les subió el brillo. Dejó a la vista hasta qué punto muchas estructuras dependen de que todo funcione “como siempre”, incluso cuando el mundo ya cambió. Se siguen aplicando normas y formas de organización pensadas para otro tiempo. No porque sean mejores, sino por pura inercia.

Esto produce un desgaste y una frustración persistente. Te sentís viviendo dentro de un sistema que te exige cumplir reglas que ya no garantizan resultados.

Pero hay algo importante que decir: cuando un sistema deja de funcionar, no necesariamente hay que intentar salvarlo.

A veces, el problema no es que nosotros estemos fallando. El problema es que las herramientas que nos dieron dejaron de servir para la realidad que nos toca.

Reconocer que el sistema ya no responde no es rendirse. Al revés: es el primer paso para dejar de gastar energía en sostener lo que está roto y empezar a observar qué otras formas están naciendo.

Lo obvio no siempre explota de golpe. A veces se va acumulando, en silencio, hasta que un día abrís los ojos y ya no lo podés ignorar.

Bienvenidos a Ovbio. Vamos a hablar de lo que viene. . .

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