El Joker y la Frontera
EL JOKER
Y LA FRONTERA
Vi Alice in Borderland y quedé re pensando: ¿y si la carta que nos toca ya salió y ni la vimos venir?
Terminé Alice in Borderland y quedé re tocado. Y no, no fue por los juegos, ni por que en cualquier momento te pueden borrar del mapa. Ni siquiera fue el misterio de qué es en realidad el Borderland.
Fue el Joker.
Porque el Joker no es una carta más. No pertenece del todo al juego. Aparece justo en el límite, justo cuando pensás que ya zafaste, que la partida terminó.
Y ahí fue cuando se me prendió la lamparita: nosotros también estamos viviendo en una frontera. Re en serio.
No sé bien cuándo empezó. Capaz cuando nos juraron que estudiar te garantizaba laburo y terminamos viendo que ya no es así. O cuando nos explicaron cómo iba a ser "el futuro" y apareció una IA que hace en segundos cosas que hasta hace nada eran solo nuestras. O cuando el cambio climático dejó de ser un tema de documental y pasó a ser el agua que falta, la comida que sube, la ciudad que se inunda.
La frontera es el lugar donde las reglas que nos enseñaron ya no alcanzan.
En la serie, Arisu —pronunciado aproximadamente “Alis”- entra a un mundo donde cambiaron las reglas de un día para el otro. Tiene que aprender rapidísimo qué sirve, en quién confiar, cómo no quedar afuera. Y lo más loco es que cosas que en su vida "normal" no valían nada, ahí adentro se vuelven la clave para sobrevivir.
Puede que nos esté pasando lo mismo. Nos prepararon para un mundo bastante predecible y estamos entrando a uno donde todo es incierto al mismo tiempo: clima, IA, laburo, plata, vivienda, vínculos, identidad, redes que te reconfiguran la cabeza sin que te des cuenta. No sé si eso es un Borderland posta. Pero se le parece re bastante.
Una de las cosas que más me quedó grabada fue Kuina. Es una mujer trans, formada en artes marciales, con una historia que arranca con un choque durísimo con su papá porque no acepta quién es. Y esa historia no se cierra ahí: en la tercera temporada vuelve a aparecer conectada al karate y a su familia.
No la quiero convertir en una metáfora ni en un "ejemplo de resistencia humana". Es una persona, con su historia. Pero de esa historia sí se puede sacar algo real:
hay pibes y pibas que tienen que cruzar fronteras que otros ni nos enteramos que existen. La frontera entre lo que tu familia espera de vos y lo que vos sabés que sos. Entre una identidad que te asignaron al nacer y una que tenés que construir con tus propias manos. Entre que te acepten o que te dejen afuera.
Eso duele, y duele en serio. Pero también deja algo picante para pensar: las categorías heredadas no siempre alcanzan para explicar a las generaciones que están creciendo ahora. Y no es que una generación sea mejor que otra. Es que cada una se choca con fronteras distintas.
Hay una pregunta que no me deja tranquilo: ¿qué pasa cuando descubrís que el mundo al que se supone tenés que "volver" ya no existe como te lo contaron?
En la serie, volver no es simplemente volver al lugar de antes. Arisu vuelve cambiado. Usagi vuelve cambiada. El mundo real sigue estando ahí, pero ellos ya no son los mismos que se fueron.
Y ojo, esa imagen me parece re fiel a lo que nos puede estar pasando a nosotros. Quizás el tema del siglo no sea solo aprender a sobrevivir a las crisis nuevas. Quizás el tema sea aprender a vivir después de ellas. Y eso es otra cosa completamente distinta.
Sobrevivir es resistir. Vivir es reconstruir.
En la tercera temporada, Arisu llega de nuevo al límite. Después de bancarse los juegos, aparece el Joker, y ahí el desafío deja de ser ganar. Se transforma en elegir.
El Guardián le da dos caminos: seguir hacia un mundo sin sufrimiento, o volver al mundo real, con todo su dolor, sus quilombos y su incertidumbre intactos. Arisu elige volver.
Y ahí está una de las ideas más fuertes de toda la serie: elegir la vida no es elegir una vida sin problemas. Es aceptar que la vida vale la pena aunque no tengas ni idea de cómo va a ser el mundo que viene.
El Joker deja de ser una carta y se vuelve una frontera. Entre la vida y la muerte. Entre lo conocido y lo que todavía no sabemos ni nombrar. Entre lo que fuimos y lo que todavía no sabemos ser.
Y acá viene lo que más me hizo ruido después de apagar la tele: prendés las noticias y da la sensación de que la realidad ya superó a Netflix. No hace falta ni detallar cada cosa, con prender el noticiero cinco minutos alcanza: terremotos en Venezuela y Colombia, olas de calor rompiendo récords en Europa, guerras que siguen sin parar en Medio Oriente y en Ucrania, todo pasando casi en simultáneo, como si el mazo estuviera tirando cartas más rápido de lo que podemos leerlas.
No es que la ficción se haya quedado corta por floja. Es que la realidad dejó de avisar antes de jugar. Vas viendo pasar cartas —una crisis acá, un desastre allá— y ni te da tiempo a entender bien una cuando ya salió la siguiente.
Y ahí es donde el Joker de la serie empieza a sentirse menos ficción y más espejo.
Capaz mi generación también está frente a un Joker propio. No sabemos ni cuándo va a aparecer. Puede ser una crisis climática más fuerte de lo que calculamos, una sequía, un apagón energético, un laburo que la IA nos reacomoda de la nada, una crisis económica nueva, o varias cosas juntas cayendo al mismo tiempo.
No sabemos cuál es la próxima carta. Y ese es justo el problema.
Durante mucho tiempo nos dijeron que prepararnos para el futuro era aprender las reglas de un mundo que ya existía. Pero si las reglas están cambiando en el medio de la partida, necesitamos otra cosa: aprender a reconocer lo que sabemos hacer, a laburar con otros, a producir, a cuidar, a reparar, a organizarnos, a aprender rápido, a distinguir info de ruido, a armar comunidad. A saber qué hacemos cuando una institución, un mercado o una tecnología dejan de funcionar como esperábamos.
Pasar de reaccionar a la crisis cuando ya nos explotó en la cara, a prepararnos antes de que llegue. Esa es la posta. No esperar a que aparezca el Joker para recién ahí descubrir qué sabemos hacer.
Hay algo más que me hincha un poco: a veces los adultos hablan del futuro como si nuestro objetivo fuera recuperar el mundo que ellos conocieron. Y ni sé si eso es posible, ni sé si debería ser nuestra meta.
Sí, el mundo que viene capaz tiene quilombos que ustedes no tuvieron que bancarse. Pero nosotros también tenemos herramientas que ustedes no tuvieron. Otra sensibilidad. Otras formas de comunicarnos. Más información que nunca, aunque también más ruido que nunca.
No necesitamos que nos digan que somos "la generación del futuro". El futuro no es una medalla, es una responsabilidad. Y tampoco necesitamos que nos digan que vamos a salvar el mundo, porque eso es otra forma de tirarnos un peso imposible encima.
Lo que necesitamos es más simple: que nos dejen participar en la construcción del mundo que igual vamos a tener que habitar.
Porque probablemente no podamos volver al mundo de antes. La verdadera pregunta es qué hacemos con la frontera: si la cruzamos solos, si esperamos que alguien nos venga a rescatar, o si arrancamos a cruzarla juntos.
Y ahí está la verdadera pregunta que deja el Joker: ¿nos están preparando para volver al mundo que conocieron nuestros padres, o para construir el mundo que igual vamos a tener que habitar?
No sé cuál es la próxima carta. Pero capaz todavía estamos a tiempo de aprender a jugar sin esperar a que empiece el juego.

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